Antropología y el medio rural

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02 abr Antropología y el medio rural

¿Qué significa ser de pueblo?

Hace poco, facilitando un dinámica de trabajo grupal con mujeres, una de ellas dijo: “es que somos de pueblo”. El resto de mujeres asintió con la cabeza. “Es lo primero que la gente piensa cuando nos ven”, añadió. Ser de pueblo era percibido por aquellas mujeres como algo negativo, un lastre que les impedía avanzar social y económicamente. Pero, ¿por qué ocurre esto?

Al tocar en el taller el tema de los recursos para propiciar el autoempleo, emergía el eterno debate, la dicotomía entre lo rural y lo urbano, una de tantas con las que nos gusta organizar la vida, simplificarla. ¿Eres de playa o de montaña?, ¿de iphone o de android?, ¿de pueblo o de ciudad? Desde la polaridad eliminamos los matices, nos deshacemos del espectro de posibilidades al que podríamos acudir.

¿Podemos seguir defendiendo la idea de comunidades rurales? ¿Es la gente de pueblo una categoría válida para comprender a ciertos grupos de personas?

Tradicionalmente, lo rural ha sido caracterizado por núcleos de población pequeños, de 10 000 habitantes o menos, donde lo cultural, lo económico y lo social tienen una expresión específica, diferenciada del ámbito urbano. En lo cultural, las sociedades rurales, supuestamente, mantenían una especificidad, eran una especie de isla, con sus costumbres, tradiciones, rituales y valores diferenciados de la sociedad mayor, aunque, en cierta medida, siempre conectadas con esta. En lo económico, la sociedad rural depende principalmente de la agricultura y ganadería ⎯o el sector primario, en general⎯ y tiene un enfoque familiar centrado en el trabajo, no en el capital. Por último, en lo social, se presupone que hay un alto capital social, gran confianza entre sus gentes, donde prevalece un sentido de comunidad, frente al de la sociedad mayor. Según la teoría clásica, la vida en los pueblos debería encajar aquí.

Frente a lo rural, lo estaría lo urbano. Poblaciones de mayor dimensión y densidad, dinamismo cultural y heterogéneo, diversificación de una economía capitalizada, e individualismo y falta de sentido de comunidad.

El binomio rural-urbano ponía en nuestras cabezas ⎯lo sigue haciendo⎯, la imagen de una familia de pueblo labrando el campo, recogiendo tomates de su huerta y curando chorizos, mientras portan en volandas al santo del pueblo y bailan en la verbena. Si Ellon Musk (CEO de Tesla) aparece en un programa de radio fumando un canuto, no sería su preocupación. Frente a esto, la construcción polarizada correspondiente a lo urbano nos pone en la cabeza la imagen de una familia de ciudad, que compra alimentos en el Carrefour, ven a Lady Gaga en los Oscar y tienen reservado los tickets para ir al Mobile World Congress, en Barcelona. No les importa si la naranjas que acaban de comprar son de Sudáfrica.

Hoy se habla de la nueva ruralidad complicando, fuera del prejuicio o el chascarrillo, una comparativa tan extrema entre los de pueblo y los de ciudad. Más allá, siempre hubo quienes criticaron este modelo clásico, incluso para sociedades rurales de hace muchos años, cuando el concepto surgía, porque nunca fueron tan aisladas culturalmente, ni tan autosuficientes económicamente, ni hubo tanta cohesión social. Pero esto es otra historia.

Entonces, ¿se puede seguir pensando que el mundo rural de hoy es como el de antes? La respuesta se nos presenta muy clara: no.

La división entre rural y urbano hoy en día no tiene sentido ya que la nueva ruralidad se caracteriza, precisamente, por la mezcla, la hibridación, la continuidad de un fenómeno bidireccional entre la ciudad y el campo, la globalización que relativiza fronteras (algunas), la movilidad y el acceso a la información, las largas y más rápidas conexiones, la diversidad cultural, la mezcla (de nuevo), las redes sociales (para bien y para mal), entre otros elementos que suman y definen la amalgama concentrada en esta terminología mestiza, que une como nunca conceptos que siempre estuvieron enfrentados.

Si antes identificábamos tres ámbitos que nos ayudaban a comprender la caracterización clásica de la ruralidad, ¿cuál es la situación de esos ámbitos en la nueva ruralidad?

1. La identidad cultural en los pueblos.

Ya no encontramos esa singularidad cultural en los pueblos, por más que miramos. Podemos constatar la persistencia de diversos elementos que todavía luchan por no desaparecer. Hay muchos ejemplos en la gastronomía popular como son la torta inglesa de Carmona, el alfajor de Medina Sidonia o el remojón de El Valle, en Granada, por citar algunos. Todavía resisten cultivos tradicionales, como la Aceituna Sevillana (este marcador es supralocal), el pero Rufino de Galaroza, las naranjas castellanas o la aceituna Lechín de Granada en El Valle de Lecrín. Pero al mismo tiempo, estos alimentos conviven con las hamburguesas del Burguer King, las naranjas sudafricanas del Mercadona y las aceitunas gordales de Egipto. Quienes cultivan y consumen estos productos consultan sus precios en smartphones, mientras se mueven por el territorio usando el mapa de Google. Por la noche, encienden el plasma para ver a Messi hacer sus maravillas o escuchar las fake news sobre asuntos internacionales. Por otro lado, nos afanamos en reproducir la cultura de la capital. Nos sentamos a disfrutar del carnaval de Cádiz que nos llega a través de la televisión, mientras guardamos los disfraces de calle que antes lucíamos en el pueblo. En Semana Santa, nos vamos a ver pasos a Sevilla, Málaga o Granada, mientras las procesiones caminan solas por nuestras calles menos capitalinas.

La cultura en los pueblos, en las cabeceras de comarca o en la ciudad, es fruto de un proceso de intento (deseo) de reproducción de la cultura de las élites de la ciudad. Aspiramos a ser como aquéllos a quienes admiramos, por el motivo que sea. Sobre todo, porque son tendencia. Y las tendencias nos las señalan con gran generosidad los medios de comunicación. La tendencia no la marca el maestro Don Fernando, ni nuestra familia: ahora está en las redes o en la tele. Queremos ser atractivos como los de los anuncios de Coca Cola, deseados como los de los perfumes, valientes como los que llevan iwatch, creativos como los que usan Mac, o transgresores como los que visten de Desigual. Y si no podemos consumir lo que las élites, nos buscamos las maneras para parecerlo. Corren tiempos líquidos, dice Baugman, tiempos de globalización, de flujos migratorios, la sobre información lo penetra todo. Todo es mezcla, como dice Jorge Drexler. Las identidades se diluyen, las nuevas comunicaciones permiten una movilidad sin precedentes, pudiendo recorrer 1000 km, o 5000km, por escasos 50 o 100 euros. Con Amazon, estamos a un clic de adquirir materiales que nos aguardan en la otra esquina del mundo.

2. La organización económica en los pueblos.

A nivel económico, lo rural también se ha transformado en algo distinto. La economía campesina se decía que era una economía familiar, donde las decisiones de la familia afectaban a la hacienda. Los vínculos económicos estaban muy unidos a los vínculos sociales. Pero hoy en día el campo ha dejado de ser la continuidad de la casa. Las explotaciones agrarias se han capitalizado: la mano de obra tiene precio, se calculan costes y beneficios. Ya no vamos en familia a verdear, ni convocamos a los amigos un domingo a un arroz, mientras se le da el último repaso a los naranjos entre todos. Ahora se contrata mano de obra extranjera, la más barata, o se deja que las naranjas caigan al suelo.

Eran formas de reciprocidad, que tan bien describió Polanyi en La Gran Transformación. Ya no hace falta, en la organización económica actual, ejercer el don y contradón que estudió Godelier. En lo rural, ese espíritu cooperativo tradicional, ha sido desplazado por el individualismo de los tiempos modernos, el de la gran ciudad, donde se construyen las tendencias. Cada agricultor aspira a tener su tractor, su remolque, sus trabajadores, su máquina de sulfatar, su almacén. Intenta luchar contra la agroindustria de escala con el mismo modelo capitalista, y claro, solo le queda fracasar. Vende su producción de manera aislada, al mejor postor (al mejor regateador). Atomizados, segmentados ⎯divide y vencerás⎯, los agricultores del mundo rural se enfrentan a un fenómeno complejo frente al que tienen que desarrollar mecanismos para vencer las múltiples resistencias: las propias, y las ajenas. Y mientras, Europa, para que todo siga igual, les ofrece la Política Agraria Común, la salvadora de muchas explotaciones de otra manera no rentables. El mercado siempre gana. Las personas están desapareciendo del paisaje, ya no hay quien mire el campo. O lo miran otros ojos. Y cuando nadie mira, nadie controla, y nadie se preocupa. El campo es anónimo, sujeto a su perversión. Nadie quiere el campo. Los hijos se marchan a la ciudad porque el campo no es rentable en lo económico, pero tampoco en lo social, no es motivo de orgullo, no aporta estatus. El campo ⎯y el paisaje⎯ ha sufrido una resignificación. Como instrumento que es, ha dejado de ser historia, desaparece el afecto y aparece la función. Expulsa a las personas para dar entrada a las máquinas, permitiendo otra forma de colonización desde las potencias que las diseñan y fabrican. Otra forma de dependencia. Solo la artista lo persigue, y se frustra cuando no le sirve para su mejor encuadre. Solo el llegado de otro mundo donde el paisaje ya ha desaparecido, lo busca en nuestro territorio, melancólico. Desea consumirlo y que siga agradando a sus ojos. Mientras, los locales no saben qué hacer con él.

No solo el campo, todo lo rural, se está resignificando. Muchos territorios rurales con vocación agrícola, han lapidado sus fértiles tierras con cemento, para que la marabunta oculta tras las gafas de sol y bronceador pueda hacer uso intensivo de sus recursos de manera estacional. Emergen nuevas formas de gestión de los recursos, robotizadas, lejanas, deslocalizadas. El territorio pierde su voz, y ahora se la ponen otros. Los drones lo sobrevuelan, trazando pixeles que orientan el camino a los conductores de tractores que han perdido la linde -ya no saben qué significa el palmito que siempre estuvo en el cerro. Y desde el cerro este observa cómo Europa quita y pone vecinos desconocidos: el algodón Bt, el trigo Akim, el olivo arbequina. Sí, la biodiversidad, el policultivo, el mosaico mediterráneo, todo eso, peligra en el campo. Y lo que se come se importa, y lo que se produce se exporta. La comunidad rural ya no es autosuficiente ni parece querer serlo. Desaparecen las tiendas de barrio, la abacería, el mercado de abastos, y dejan paso a las grandes superficies, con su gran diversidad de marcas que enlucen nuestras neveras siempre a rebosar. Nostálgicos del autoconsumo permiten sobrevivir un modelo que se sostiene con pinzas de la colgar la ropa. La economía del medio rural, sí, se ha reorganizado, y quiere ser como la de la ciudad.

3. La organización social en los pueblos.

Las comunidades campesinas se definían por su cohesión social, por su capacidad para establecer normas morales que ordenaran la vida del grupo. Bailey sostenía como central el concepto de unidad moral para definir la comunidad, un conjunto de ideas comunes acerca del bien y del mal, y de lo que son las formas correctas e incorrectas de proceder. ¿De verdad creemos todavía en la communitas, y que esta pueda ser aplicada a esos reductos exóticos de los grupos que habitan el territorio rural? Hoy en día, no se puede hablar de territorios perfectamente acotados, como dice el antropólogo Francisco Cruces, “homogéneos y holísticamente abarcables, bien demarcados […] integrados simbólicamente y discontinuos con respecto a cualquier otra isla adyacente”. No, son espacios abiertos donde los vínculos entre sujetos y las reacciones de estos frente a acontecimientos diversos se ven interpelados por dinámicas y procesos situados a distintos niveles, es decir, se ven atravesados por discursos que van desde lo intra hacia lo extracomunitario. Todo lo que ocurre en el pueblo está atravesado por lo que ocurre en la ciudad, en la nube, en los medios de comunicación, en la película que ha ganado el Oscar este año. Dice Brandes que una vez que la comunidad adquiere un carácter heterogéneo, donde cada individuo o grupo de individuos poseen diferentes valores, se erosionan esas bases comunes para el enjuiciamiento y ya no se actúa o se deja de actuar en virtud de lo que piensa el otro. El individualismo inherente al capitalismo ha fragmentado también la sociedad rural, y como advertía Putnam, ha destruido su capital social, sus redes sociales, normas y confianza que facilitaba la coordinación y la cooperación para el beneficio mutuo. El medio rural, ha reproducido la organización social de la ciudad. Mecanismos tradicionales de control, propios de la comunidad como el chismorreo, el qué dirán, el cúchila, siguen existiendo, pero han perdido eficacia, su público objetivo se ha reducido. El individualismo ha permitido la emancipación del hombre, pero no todavía de la mujer. El sentimiento de vergüenza ajena que imponía un control sobre la conducta, queda reducido hoy a este segmento. Los jóvenes tampoco se sienten ya afectados. La autoridad se ha perdido: la familia, el cura, los mayores, han perdido su capacidad para inspirar respeto, o temor, para controlar. Como en la ciudad, en el pueblo el individuo se erige como dueño de sus acciones y no busca complacer a nadie. Si acaso a los medios, a los ídolos, a las masas. Lo dice el filósofo Bauman: del “así son las cosas” hemos pasado al “así hay que hacer las cosas”, y los consejos nos los da el mercado. El consumismo es una de esas respuestas a cómo afrontar el reto planteado por la sociedad de los individuos, la de aquellos que luchan por ser singulares, distintos, especiales. La comunidad no importa, lo que importa es el yo. La comunidad ya no existe.

Ramón Rodríguez
ramon@cactuslab.es
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