Cactus | Autopista hacia el cielo
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Autopista hacia el cielo

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22 jun Autopista hacia el cielo

Texto y fotografías: Antonio Jaén Osuna.

Los tiempos cambian. Los teléfonos de rueda, cable de rabo de cerdo y auricular de colador, los hemos sacado a la calle, en miniatura, con sonidos digitales, melodías discotequeras y diseño de última generación. Nunca las generaciones duraron menos. Cada seis meses llega una nueva. Somos conejos tecnológicos. Y con ello hemos perdido la capacidad de sorprendernos. Lo único extraordinario es que haya algo extraordinario. Se acabó la boca abierta y la taquicardia. El mundo parece diseñado para encajarlo en la agenda, que por supuesto ya no será de las que nos regalaban en los bancos sino que estará integrada en nuestro móvil.

Cada vez que paso por un aeropuerto llego a esta conclusión. Cuando cogí mi primer avión, aún era un niño. Sólo recuerdo la brillante sala de espera y las galletas que una simpática azafata me trajo al verme en la enorme barriga metálica. Era el único niño a bordo.

Luego, ya de adolescente, un vuelo para la excursión fin de curso, toda una aventura, una escapada en condiciones, mi pérdida de la virginidad en el extranjero -nunca antes había dejado España-. Seis años más tarde dejaría el hogar cogiendo otro avión. Tres aviones en 23 años. Tres aeropuertos. Entonces me sentaba a observar a la gente, miraba las tiendas, las maletas, las prisas, los colores, las caras, las nacionalidades, los destinos que aparecían en las pantallas y me imaginaba cómo serían esos sitios, qué secretos esconderían las puertas que se abrían a los que iban a descubrirlos.

Pero los tiempos cambian. Igual que se hiciera con los teléfonos, hoy pasa con los vuelos. Las fronteras se han echado abajo y los fines de semana se han convertido en escapadas. Los aeropuertos ya han dejado de ser esos sitios místicos, a los que ya llegar era una misión en sí, casi siempre vacíos, frecuentados por empresarios, banqueros, futbolistas, portadas de la farándula, agentes secretos, perros chihuahua y cuadros de Van Gogh, rumbo a alguna exposición. Eso se acabó. Ahora las terminales son el salón de casa, las gate el portal del bloque y el túnel de acceso es la rampa de nuestra cochera. Hemos cogido el mapamundi y nos lo hemos metido en la cartera para poder ir en carnavales a Venecia, en semana santa a Malta, en la feria de abril a Praga, a Méjico en las vacaciones de verano y la navidad en casa, que es de estar en familia. De pronto el mundo se ha puesto a repartir kilómetros a granel y te cuesta lo mismo irte un puente a las Islas Canarias que irte una noche de cubatas.

Es por eso que el paisaje de los aeropuertos ha cambiado. Se ven colas enormes de turistas empedernidos o ni siquiera eso porque ya no hace falta facturar, ni maletas, ni líquidos, ni nada. Pasaporte, papel impreso y unas cuantas de horas que gastar lejos de casa. Pero el hormigueo continúa, las caras se han hecho más plurales y los niños más frecuentes -será por eso que ya no se les dan galletas.

Hay cosas que, sin embargo, nunca cambian. Aún la tortilla de patatas del bar está terriblemente seca, el jamón serrano es de una sierra desconocida y los precios siguen siendo redactados pensando que somos empresarios, banqueros, futbolistas…

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